Un detective del ciberespacio en acción y el nido de la Serpiente
Por Raúl Valle Cerberus avanzaba por el desierto, era una máquina contra un cielo sabático de una luna impetuosa. Sus placas atómicas eran geométricas —perfectas, inhumanas— despedían electrostática que repelía a los insectos y a las plantas rodantes en la carretera. Viajaba de noche, siempre de noche, como si el sol fuera una blasfemia. Escuchaba como se partían las piedras y caían al borde del camino. En el horizonte,Texas se desvanecía en dunas que ondulaban como páginas de un libro abierto. Su pensamiento era una sevillana que con un giro de muñeca preciso desangraba cualquier cuello silencioso. Valiente y a los ojos, no como el brazo policial del imperio que ponía su pistola a distancia y luego se escondía en la impunidad de la minarquía. Sus pensamientos se desvanecieron. Cuando cruzó Houston, algo en su esfera se fracturó. No fue dolor sino conciencia. La ciudad de dos millones de habitantes dormía en la alienación. Cerca, en el centro espacial Johnson, los cohetes en...