Hacia las playas de California



Por Ulra


En las catacumbas del Capitolio, Peter Thiel alimentaba su secreto: senador agiotista y archimillonario, cuya empresa de software era un cáncer tecnológico que devoró 200 millones de dólares para urdir redes de espionaje militar bajo el gobierno de Trump. En 2025, otros 30 millones de dólares hincharon sus tentáculos, vigilando almas en el Servicio de Migración y Aduanas.  


Antes de la crisis económica del 30, sus proto-agencias —gérmenes de lo que serían la CIA y el FBI— perseguían el alcohol, incubando mafias italianas e irlandesas. La prohibición de drogas parió después a pandillas, narcos motorizados y clanes urbanos. Esas leyes eran fachadas burocráticas que financiaban a los fascistas, inyectando dólares en parásitos capitalistas y militares.  

Ahora, el negocio era vigilar y castigar: la crueldad como la bosta para negocios inmobiliarios surgidos de fosas clandestinas, fábricas donde la plusvalía hedía a sudor agonizante, y un sistema carcelario que respiraba con pulmones de óxido.  


En la frontera mexicana, la "libertad vigilada" llegaba con olor a sangre obrera. Los nexos imperiales, como una red neuronal cancerosa, fagocitaban presupuestos estatales mientras clavaban estacas de deuda en el corazón industrial.  


Entre los cerros necróticos de la Sierra del Pinacate, Cerberus aguardaba. No era máquina, pero su corazón humano latía y no era una ilusión: bajo la luna, su armadura quitinosa crujía, y sus ojos de omatidios hexagonales —panales de pesadilla— rastreaban el desierto. Los Migrant Hunters llegaron en sus bestias mecánicas de General Motors. Su deporte era la "cacería del frijolero". Ellos acechaban cuerpos sedientos entre cactus retorcidos como espectros moribundos.  


Un grito. Un disparo. Risas de hienas humanas brindando con cerveza sobre la vista de cadáveres morenos. 


Cerberus alzó su lanzallamas, el Napalm fosforescente iluminó la luna como un segundo sol, un líquido infernal que olía a asado argentino en un matadero cubrió el campamento. Hombres convertidos en antorchas vivientes, piel derritiéndose como cera maldita, alaridos que desgarraron la noche. El olor de la carne humana chamuscada mezclada con ese rico olor a chimichurri, pensó Cerberus. Un banquete de justicia divina que blandió su cerebro en un orgasmo.


El líder, el Reverendo Cyrus Black, sobrevivió. Su pecho era un mapa de carne carbonizada; costillas expuestas como jaulas de un zoótropo infernal. La gangrena violeta reptaba por sus heridas, alimentada por microorganismos carnívoros.  

Cerberus lo inmovilizó con un láser de acero quirúrgico—su tecnología había evolucionado.  


—Decime tu dueño—rugió, con una voz que ya no era la de la biblioteca, sino un enjambre de avispas del inframundo.  

—¡Nunca! —escupió Cyrus, un géiser de sangre coagulada.  


Cerberus, desde su inconsciente, desgarró las uñas del mercenario de la mano derecha con una cuchilla. Las uñas saltaron ensangrentadas. El grito fue un chirrido de una bestia en el abismo.  

—¡Los Ángeles! ¡California! ¡El Penthouse de Mulholland Drive! ¡Matame, por favor!  


No lo mató. No por piedad. Que sufra. La visión de Cerberus giró reflejando la luna en un caleidoscopio de pesadillas cósmicas. En silencio, se fundió con las tinieblas del desierto, rumbo a la costa del surf, el sol y la playa.Tras él, solo quedaban los cuerpos estallando como larvas.

Sentía el viento en su rostro de hombre nuevo y escuchó los aullidos de los salmos supremacistas que morían ahogados en el desierto, se veían las plantas rodantes a lo lejos.


Continuará…



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