Un detective del ciberespacio en acción y el nido de la Serpiente
Por Raúl Valle
Cerberus avanzaba por el desierto, era una máquina contra un cielo sabático de una luna impetuosa. Sus placas atómicas eran geométricas —perfectas, inhumanas— despedían electrostática que repelía a los insectos y a las plantas rodantes en la carretera. Viajaba de noche, siempre de noche, como si el sol fuera una blasfemia. Escuchaba como se partían las piedras y caían al borde del camino. En el horizonte,Texas se desvanecía en dunas que ondulaban como páginas de un libro abierto.
Su pensamiento era una sevillana que con un giro de muñeca preciso desangraba cualquier cuello silencioso. Valiente y a los ojos, no como el brazo policial del imperio que ponía su pistola a distancia y luego se escondía en la impunidad de la minarquía. Sus pensamientos se desvanecieron. Cuando cruzó Houston, algo en su esfera se fracturó. No fue dolor sino conciencia. La ciudad de dos millones de habitantes dormía en la alienación. Cerca, en el centro espacial Johnson, los cohetes en sus torres de lanzamientos yacían en óxido nitroso para viajar a la nada, a un alunizaje de los muertos, de los monolitos espectrales. Fue cuando blandió, ya cansado, su arma a las estrellas—puntos de tatuajes del firmamento— ellas que se apoderaban de su cuerpo, como capilares que se transformaron en una epidermis sensible, y sintió como las agujas perforaron su piel, muchas veces, y con cada bisel, insertaron un río de vida de tinta en su existencia. Se preguntó si las constelaciones eran mapas o grilletes. El dolor era insoportable, tanto que se levantó para acelerar el devenir del ansia a la madrugada, que siempre lo visitaba, pero no se muere.
Un coyote se le acercó cuando cruzó la ciudad del Álamo. No era un coyote, su pelaje era la ausencia de color, sus ojos eran dos tumbas donde los grillos hacían filas a los himnos sin ritmo, a los sin fronteras, a los sin banderas. Lo siguió por días, sus patas no dejaban huellas. Cuando Cerberus se detuvo en un oasis seco, la bestia habló:
—¿Crees que el viaje te hace humano, o lo humano es solo una estación del viaje?— y se alejó poniendo el peso de su cuerpo en una de sus patas traseras para girar a la oscuridad de la noche.
En Vancourt, su escudo cedió. La transformación no fue gradual. Fue a la manera del abismo. Las vértebras brotaron como tallos, su piel se tensó sobre músculos que no sabía que existían. Ahora, sus manos —manos nuevas, temblorosas— acariciaban la arena. Cerberus se completaba, y cerca yacía vacío, el caparazón de aquel insecto cósmico que ya no era.
…
Mientras, en la biblioteca de Neude de Utrecht, Morena Zedok, recorría lo más bello de Holanda. Ella se volvió a los fragmentos, a los estantes de metal, al olor a humedad y papel. Sus pasos lentos sobre el vestíbulo con hermosos arcos vidriados de ladrillos la hicieron perceptible cuando sus manos trigueñas intentaban alcanzar un libro de César Vallejo. La estudiante de suéter rojo quería hojear “Los heraldos negros”, pero su risa rebotó en las estanterías del laberinto del conocimiento, porque a pesar de estirarse y dejar brillar su suave piel entre sus pechos y su musculosa, no llegó al libro.
—Me permitís—pensó Cerberus que decía con una voz grave y fuerte, y pausada, seductora para ella, que resonó en la cúpula de la biblioteca.
—Sí, está bien. El libro está un poco lejos- pensó escuchar Cerberus. A ella la caballerosidad le molestaba, ahora, le resultó agradable. Le recordó a la leyenda de Sachajov, un hombre fuerte que cuidaba la naturaleza en Santiago del Estero, en Argentina, pero joven. Mientras, sus ojos grandes estudian al hombre de piel morena, hombros, brazos y piernas fuertes, con su pantalón de entrepierna ajustado que hacían de su bulto una fantasía penetrante. Muy rápido todo, pensó. Y su lengua, inevitablemente, y sus labios, también, se humedecieron así de rápido, y ella no podía controlarlo, su pudor la invadió tan rápido como la fuerza sentimental. Ella no lo podía creer, necesitó hablar.
—Sí, está lejos. Ah, si…gracias, che- creyó escuchar Cerberus, con un acento porteño del “Río de la Plata”. Quizás fue un sueño, cuando le acercó el libro, porque rozó sus dedos con los suyos, una fuerza sensual y viril se apoderó de él, un contacto eléctrico que hizo que los dos retirarán las manos de inmediato. El aire se transformó en transpiración, el silencio se apoderó de sus cuerpos que se notaba que se necesitaban.
—¿Estudias Filosofía?— Creyó preguntar en una voz calmada y suave, y ella se volvió loca del éxtasis.
—Literatura distópica, pero la historieta y la poesía me pueden— confesó ella y acarició con sus dedos de arriba a abajo la tapa del libro. Hay algo de la búsqueda de la verdad a través de la razón y…la pasión…
—La pasión controlada por la razón, la violencia y la muerte del opresor— deslizó, para probar y Cerberus se acercó unos pasos suavemente, en forma inconsciente, tomó sus suaves muñecas y ella lo permitió, y le dijo:
—¿Y a vos, que te trae con tanto pensamiento de muerto?— Y dejó escapar su sonrisa malvada y penetrante. Era directa y mirándolo de forma desafiante dejó susurrar su voz que era un hilo de seda en la penumbra de la sala.
—La belleza perdurable. Como cuando… todo lo sólido se desvanece…en el aire— Su mirada recorrió el rostro de Morena, en sus ojos, en su nariz y se detuvo en sus labios entreabiertos.
Efectivamente, todo el murmullo de otros lectores se silenció, el crujir de las sillas, el suspiro de las páginas al pasar, todo se desvaneció. El libro cayó al piso.
Sólo existía el campo magnético que los atraía, el calor de los poros de la piel que rozaba y que se separaban suavemente por el aire cargado de pasión. Por momentos, sus apretados cuerpos no dolían. Sentían en los instintos, en sus venas de jóvenes.Y ella abría su cuerpo a las partes del placer… con el deleite, primero, lamió con gusto su piel, y, luego, sintió el gozo de lo que había chupado lo tenía dentro, su cuerpo ardía. El no paraba de penetrarla.
Luego, ella alzó sus manos sin tocarlo, pero no se apartaba y contuvo la respiración.
—Debería… volver a mi nave-— dijo sin moverse. Su voz era apenas un soplo.
—Claro— dijo él sin apartar sus ojos de ella y acarició su espalda, pero no había entendido las palabras, no quiso preguntar… Sabía que no era un adiós. Era la promesa húmeda que se había hecho cuando se negó a asesinarla. Era un “polvo” de contradicciones de dos corazones que comenzaban a amarse. Podía esperar algunas verdades que se conocen en el lenguaje de la noche, la piel y las miradas.
Cerberus despertó, en su psiquis recién formada, fundía el recuerdo de ese eco de Morena Zedok con su virilidad.
Llegó a San Diego al amanecer. El mar no era agua, las olas no existían y la costa era un espejo invertido. En la orilla, Cerberus abrió su mochila, había arena texana, un poema manuscrito, y una foto. El coyote, otra vez, observaba desde las dunas, ahora una silueta contra el cielo lunático.
—Yo no sé— murmuró Cerberus. El viaje no era hacia California, sino desde la condición humana donde nada le era ajeno. La máquina de matar había sido su crisálida, el desierto su realidad. De la disonancia a los miedos de enfrentar la distopía capitalista a la hecatombe imperial. Sabía que la vida cotidiana se impregna nuevamente en la esfera de los golpes de la vida—el luto, el hambre, la enfermedad,el frío, la transformación—eran solo estaciones de un ciclo que no terminaba en el mar, sino en el instante en que comprendió que ser hombre era ser camino.
El coyote aulló, y su aullido era el rumor de las esfera que se disolvía.
…
—¿Tu QTH Cerberus? Decime tú ubicación— y escuchó un poco con distorsión, pero al fin, reconoció la voz amiga, y buscó la radio entre los objetos de la mochila.
—¡Cerca de California, Jefe!— su ansiedad se había calmado y sus temores se desvanecieron.
—¡Muy bien Cerberus!— respondió el detective Henry Petàin y agregó algo que no se entendió. Y luego dijo:
—¡Necesito que confirmes los asesinatos del Penthouse!— y…( inentendible).
—¡Negativo Henry! ¡Solo confirmo la eliminación de los Migrant Hunter en la frontera de México!
—¡Ok, QRB, cambiemos la frecuencia a cinco, por favor!
—¡OK, QRB, fuerte y claro. Cambio a frecuencia cinco!
—Tenemos un problema, han asesinado a toda la familia del Penthouse antes que nosotros. Por eso debemos cambiar el objetivo, ahora debes viajar a Nueva York al congreso de los Sabios de Desmark, donde va a participar la vicepresidenta en defensa de la Constitución y la Democracia.
—¡QRB! ¡Inspector, me dirijo al nuevo plan, a nuevas coordenadas de cuarenta grados de latitud norte y setenta y cuatro grados de latitud oeste!
—¡Muy bien Cerberus, luego me mandas el reporte de la Sierra de Pinacate!
—¡Ok, Inspector!¡Te recuerdo que luego debo charlar con vos, me encontrarás irreconocible!
—¡Seguro Cerberus, ahora me dirijo por mandatos del Consejo Imperial a investigar el asesinato!¡Saludos y cuidate, por favor!
—¡QAP!¡Sí, fuerte y claro!
El detective espacial Henry Petàin ajustó el cuello de su traje de nanofibra mientras se dirigía a su nave con tecnología de desplazamiento cuántico, descendió sobre las nubes tóxicas de Puerto Brown. Encendió su cigarrillo. Caminó un rato por la costa. La ciudad, una vez glamorosa playa californiana, era ahora un hervidero de gases fluorados, hologramas sintéticos, y torres de humo que indicaba la corrupción del imperio. Le dio la sensación que el paisaje se retorcía como una serpiente. El Penthouse de Peter Thiel era una escena dantesca, y pensó que el crimen fue realizado por delincuentes anónimos del ciberespacio, y que, también, habían dejado el skyline sobre los cuerpos como una cicatriz brillante. Pero dudaba.
Petáin había sido enviado por la División de Crímenes Galácticos tras escuchar los rumores: una familia de cinco personas había sido hallada sin vida, con heridas que no correspondían a ningún arma, ni máquina creadas por el hombre. Los vecinos murmuraban sobre voces en las paredes y ojos que brillaban en la oscuridad. Pero fue la mención de "La Serpiente de Gadsden" lo que le decidió a viajar.
Al pisar el muelle de Puerto Brown, el detective notó algo extraño, las playas tenían una quietud artificial. Los lugareños, con miradas huidizas, evitaban mencionar el Penthouse. Solo una anciana, una librera con un puesto en la feria, que era una editorial clandestina de novelas del corazón y discos de vinilo, le susurró una leyenda local sobre un corsario argentino, el Almirante Brown, que en 1821 había conquistado California por siete días, antes de que las arenas se lo tragaran. No le dio importancia, solo pensó que si el argentino se hubiese mantenido en el territorio, California sería Argentina. Le dio curiosidad el caso pero luego de la caminata lo olvidó.
Cuando se acercó al Penthouse notó que el lugar era una burbuja de cristal y acero en el aire por repulsores gravitatorios. En el salón principal, los cuerpos de la familia (padres, tres hijos y un androide doméstico) yacían en posiciones antinaturales, como si hubieran sido mutilados por un estilete. No había sangre, pero sí un residuo verdoso en las paredes, que Henry Petáin identificó como un líquido de saliva alienígena (un fluido asociado a cultos prehistóricos). Las cámaras de vigilancia no tenían registro porque habían sido intervenidas con una secuencia despolarizadora de electroiones de hidrógeno.
Al conectar su Escáner de Resonancia Cuántica, el detective descubrió algo perturbador: bajo el Penthouse, a trescientos metros de profundidad, había una ciudad, con arquitectura no humana. Las paredes estaban cubiertas de mantras encriptados que su traductor neural apenas descifraba:
“…siervos de la Serpiente… adoramos a los Primeros… su reino caerá, pero no morirá…"
Siguiendo los mantras, Petáin descendió a las catacumbas. El aire olía a azufre y metal quemado. Luego atravesó un laberinto, halló estatuas de seres de dos metros de altura, piel escamosa, ojos amarillos y colas vestigiales. Tenían cuernos curvos y garras afiladas. Al acercarse, el escáner identificó las huellas de ADN no terrestre, con marcadores similares a reptiles extintos de la Tierra pero también a patrones genéticos de ADN y ARN modificados.
"Imposible que sean una civilización avanzada debido a la forma de sus manos”, pensó.
Entre las estatuas, un holograma se activó:
—"Somos los Hijos de la Serpiente. Antes del hombre, éramos dioses. El corsario Brown nos encontró… y cayó. Ahora, los nuevos siervos (los que se cubren de oro y gritan en los centros del despojo) nos devolverán el poder. El Penthouse es la puerta. La familia Thiel, nuestros anfitriones. Ahora, son la sangre que alimenta el inicio de nuestro retorno…"
El holograma mostraba símbolos, dos serpientes entrelazadas (emblema de un partido político terrícola, según los registros de Petain), y una figura que parecía… un líder humano actual, de pelo amarillo y gestos ampulosos de matón internacional.
De vuelta en la superficie, Petáin investigó al Almirante Brown. Encontró un diario digitalizado en la “Biblioteca de Buenos Aires Virtual”:
"…el 12 de julio de 1821, mis hombres y yo desembarcamos en una bahía de California. La tierra tembló. Encontramos cuevas con criaturas… no humanas. Nos adoraron como dioses, pero sus rituales requerían sacrificios. Huí. La bahía se hundió esa noche. Dicen que las criaturas aún viven, bajo la arena…"
El detective conectó los puntos: Puerto Brown era una bahía hundida. El Penthouse, construido en 2058, había despertado a los seres. Y los Thiel, CEOs de una empresa de terraformación, habían perforado accidentalmente la ciudadela.
Los registros de la Red Global de Datos de los servidores de China, revelaron algo más, los símbolos de las dos serpientes eran usados por dos movimientos políticos, los Trumpistas (EE.UU.), que idolatran al líder del siglo XXI con la fuerza del odio y el fascismo. Y los Mileístas (Argentina), un grupo que veneraba como serviles reptiles al capitalismo decadente y cuya astucia era comparable a la de un lagarto. Tambien, con grupos de Europa y el estado Israel que había probado armas de genocidio en palestina para extenderlo a una nueva guerra mundial.
Los movimientos tenían conexiones con empresas que extraían minerales de las profundidades cerca de Puerto Brown. Pero sin que nadie lo supiese, también se preparaba la resistencia, sin embargo, era mejor el silencio de las palabras al respecto. La situación se proyectaba a la barbarie y a la bestialidad.
Petàin emitió una alerta a la División: los alienígenas, en letargo por siglos, usaban a políticos y magnates como puentes para su regreso. El Penthouse era solo el primero de muchos "puntos de activación". Aunque para la tribuna burocrática de la represión estatal enviaba el informe, internamente, su método científico de investigación de asesinatos no cedía ante la creación falsa de teorías conspirativas de reptilianos y alienígenas ancestrales que desde una mano invisible quería jugar al ajedrez.
Pero igual, al despegar, el detective miró hacia la ciudad. Y por un instante, creyó ver “ojos amarillos” brillando en las ventanas del Penthouse. Y en la playa, una silueta pequeña, escamosa, que se sumergía en las aguas.
Puerto Brown no era solo una ciudad violenta. Era la temperancia de la clase trabajadora para vencer ese mito para que el mundo se entregará a la lucha de clases y la victoria final. Era un umbral, un punto de convergencia entre dimensiones para eliminar la sed de ganancia. Se pensaba que tiempo atrás, el mito fue inventado por las naturalidades primitivas de la historia, y se decía que el corsario Brown había sellado un pacto con sangre que ahora se rompía. Con el discurso mítico de los Hijos de la Serpiente, con un superfluo argumento, no se buscaba dominar un país o un continente; se aspiraban a conquistar el planeta entero, resucitando cultos olvidados que una vez adoraron a su imagen en pirámides, cuevas y templos subterráneos. Como el capitalismo venía a quedarse para el dominio asimétrico necesitaban una disonancia política de la realidad para ocultar con una mano el abismo sepulcral que se cernía.
En la quietud de la cabina, la nave ascendía entre las capas de la atmósfera, Petàin, a pesar de ser un hombre de ciencia, sintió un escalofrío al recordar las palabras del diario del corsario: "Las criaturas aún viven, bajo la arena..." Se dio cuenta que no era una metáfora, era una profecía. Puerto Brown era apenas la primera fisura en la realidad, la grieta por donde se filtraba algo más antiguo que la propia Tierra.
Mientras la nave se perdía entre las estrellas, Petàin reflexionó sobre la ironía cósmica: la raza humana, tan obsesionada con su supremacía, nunca imaginó la posibilidad que bajo sus ciudades, bajo sus cimientos de concreto y acero, podrían dormir civilizaciones completas, con agendas propias, con paciencia de milenios. Pensar que los líderes capitalistas, en la actualidad se creen eternos y perdurables. Sin embargo sus errores eran tan básicos, porque al negar la solidaridad de una mundivision humana, cavaban sus propias fosas en este inframundo de tierra plana que negaba la superficie de la vida social. No podían justipreciar la vida misma. La Serpiente no era una metáfora del mal; era un recordatorio de que la historia de la Tierra estaba escrita en capas superpuestas, y que para ellos era como un palíndromo que leído al derecho y al revés, infería muerte y destrucción cósmica, donde cada nueva civilization creía ser la definitiva, la última. Pero, no…
En algún lugar, Cerberus recibía órdenes de un destino que apenas comenzaba a comprender. Su transformación no era casual. Era parte del mismo patrón, del mismo despertar. El viaje que había emprendido como máquina de matar culmina en un hombre que comprendía, finalmente, que el ser humano era un punto de inflexión en un ciclo mucho más vasto. Un cerebro que entendía el mundo, pero le faltaba la comprensión de la solidaridad en la abundancia hacia una esfera mayor. Ahora entendía la circularidad de los tiempos y espacios del universo porque lo vive en carne propia. La única manera.
Y en el horizonte, mientras la nave de Petàin se dirigía hacia Nueva York, para unirse con Cerberus, y donde la vicepresidenta defendería una Constitución que pronto podría volverse irrelevante, Puerto Brown palpitaba como un corazón agredido pero que quería sanar. Porque la única lucha que se pierde es la que se abandona, pero hay batallas que apenas comienzan, que se libran en dimensiones que la mente humana apenas puede concebir, donde el tiempo no fluye en línea recta sino en espirales que se definen sobre sí mismas, y, a su vez, se extienden sobre los otros. Donde el pasado, el presente y el futuro coexisten como estratos de una misma realidad inquebrantable.
El ciclo comenzaba.Y, quizás, los trabajadores de las ciudades ocupadas despierten, y algún día, aunque la Serpiente capitalista nunca viene sola, ellos estarían mejor armados ¿Lo lograrían está vez?
Continuará…
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